Flames, dust and stars...

—¿Cuándo vas a solucionarlo?

La noche era fría y serena, el único movimiento que se vislumbraba a la luz de la hoguera era el de la fina arena que desplazaba las dunas circundantes y el de las pequeñas nubes que cubrían de vez en cuando la luna y parte de las miles de estrellas.

—Ya te dije que arreglaría la guja esta noche y que para la mañana estaría lista. 

Sin apartar la mirada de las chispas que saltaban de la hoguera, Taranis acercó la glaive plateada que reposaba a su lado, descansando de la última batalla, aún algo mellada y con rasguños a lo largo de ella. 

—Solo necesito pasar unas horas dentro para que recupere su estado original —dijo intentando transmitir tranquilidad—. No te preocupes, no voy a dejar que se rompa y desaparecer para siempre.

—No me refiero a eso, Tar —Greyard señaló con la mirada a la pequeña tienda que estaba colocada más a la derecha de la hilera—. Estoy hablando de ella.

Siguiendo la dirección de la mirada de su compañero, su rostro se torció en una ligera mueca al darse cuenta de lo que estaba hablando.

—No hay nada que solucionar.

Greyard se inclinó hacia delante con actitud algo molesta por la rotunda negativa.

—No me tomes por idiota, sé perfectamente lo que está pasando —aclaró sosteniendo la mirada de Taranis—. De aquí soy la persona que más tiempo ha pasado a tu lado, hemos convivido y sobrevivido a muchas cosas juntos y sé que puedo confiarte mis espaldas y mi vida en cada batalla porque creo conocerte lo suficientemente bien como para considerarte como una hermana.

—No sé si se me podría considerar un ser vivo propiamente dicho como para que me consideres familia —concluyó Taranis con una pequeña sonrisa tensa, intentando quitarle seriedad a la conversación.

Un suspiro profundo salió de la boca de Greyard mientras se volvía a relajar, inclinando la espalda hacia detrás.

—Que no seas humana no cambia nada, después de todo lo que hemos pasado, te consideraría mi familia aunque fueras un simple golem —pateó ligeramente una piedra con su bota, que fue a parar junto al pie descalzo de Taranis—. Aunque posiblemente un golem daría menos problemas que tú.

Taranis le devolvió la patada a la piedra golpeando con ella el talón de su compañero.

—Precisamente porque no soy humana, discutir este tema es una tontería, todo está bien con...

—Sé que no es verdad, Tar —atajó bruscamente Greyard—. Sientes y padeces como cualquiera de nosotros, tus ojos brillan en su presencia y se apagan cuando se despide. No trates de deshumanizarte con la excusa de tu origen porque yo sé que no es verdad.

El silencio se apoderó del lugar, solo roto por el chisporroteo de la hoguera.

Tras unos minutos pensando en todas las palabras que le daban vueltas en su mente, Taranis se relajó y procedió a contestar, esta vez de forma sincera.

—Todo está bien, Grey. Lo está porque no es correspondido y no hay nada que yo pueda hacer para solucionarlo —su expresión se tornó suave pero melancólica—. Aún así quiero estar ahí para ella siempre que me necesite. No quiero alejarme, no debo molestarla y definitivamente no puedo olvidarla. No estoy segura de si ella sabe esto, me gustaría que supiera cuánto la aprecio, pero no quiero darle más problemas ni preocupaciones.

La mano de Greyard se posó en el hombro de Taranis tras un momento de silencio, provocando una pequeña descarga estática que, esta vez, aguantó sin sobresaltarse como era costumbre.

—¿Estás segura de que quieres dejarlo así? —insistió por última vez a su amiga.

—Sí, mi corazón conoce el lugar al que pertenece, así que intentaré seguir lo que me dicta y estar siempre a su lado, aunque tenga que ser solo como amiga. Con eso es suficiente.

Tras terminar de hablar, Taranis se levantó con la guja en la mano y se alejó un poco de la hoguera.

—Creo que es hora de repararla y descansar —dijo levantando un poco el arma—. Mañana deberíamos llegar a la cordillera, a dos días de viaje de la ciudad. Te dejo al cargo de la guardia, procura que nadie la toque mientras estoy en ella si no quiere llevarse una buena quemadura.

Greyard sonrió burlonamente ante la advertencia de Taranis.

—Quizás se me olvide advertirle al viejo zorro, ¿crees que le importará llevarse otra cicatriz más en el cuerpo? —Los dos se rieron a la vez imaginándose la mueca de dolor que pondría Zack si llegara a ocurrir.

—Buenas noches, Grey —se despidió a la vez que clavaba el mango de la guja plateada en la arena, provocando un resplandor eléctrico que iluminó unos instantes la zona.

Buenas noches, Tar respondió observando cómo la guja se alzaba sola, ahora de un color dorado intenso, engarzada en un soporte de cristal improvisado.





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